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Category ArchivePobreza Cero

Paisajes más allá de Cataluña

Cuando la ventana al mundo, que son los medios de comunicación, solo se abre hacia un paisaje, el resto del entorno no se ve y además se olvida. La avalancha de noticias sobre Cataluña está empapando los titulares barriendo de la actualidad muchos otros temas que, aunque no se nombren, también existen.

En los últimos días, entre debate y debate del proces, más de 350 personas fueron asesinadas en un atentado en Somalia, se confirmó que casi el 28% de la población española está en riesgo de pobreza y el Tribunal de Estrasburgo condenó a España por las devoluciones en caliente.

Miles de personas continúan abandonando sus hogares por atentados constantes como el vivido en Somalia. Entre ellas, la población rohingya que sufre una férrea persecución por parte del ejército de Myanmar que ha obligado a más de medio millón de personas a iniciar un éxodo sin precedentes. Más de 65 millones de personas buscan refugio, mientras los países ricos alzan muros, extienden vallas y aprueban leyes que criminalizan a las víctimas. España no es diferente. Con el ministro Zoido a la cabeza, nuestro país acogió una Cumbre internacional en la que se asoció migración con terrorismo. Olvidaron los dirigentes políticos que las personas que buscan refugio huyen precisamente del terrorismo, la miseria y la persecución.

En estos días, también ha pasado de largo un dato que debería habernos escandalizado: el hambre aumentó por primera vez en 15 años y afecta ya a 815 millones de personas. Y en los últimos cuatro años el número de niños y niñas con obesidad se ha multiplicado por 10 –y no por lo mucho que comen, sino por lo precario de su alimentación.

Y si ampliamos el foco seremos capaces de ver también que el proceso de paz en Colombia sufrió un importante traspié. La semana pasada diez campesinos fueron asesinados por policías en el departamento de Antioquía. Vidas segadas que se suman a las de más de 435 de ambientalistas y defensores de derechos humanos asesinados en los últimos dos años por defender la tierra frente a las garras de las multinacionales.

España no es diferente

El zoom debería habernos traído otras imágenes relevantes de nuestro entorno más cercano. En lo que va de mes, cinco mujeres y dos bebés han sido asesinadas; una cifra que se suma a las 84 que han perdido su vida por la violencia machista en este año. Cinco mujeres y dos bebés. Cómo es posible que el vaivén de tertulias y titulares expulse del foco algo tan grave.

También deberían haber llenado líneas y líneas de análisis los datos sobre pobreza en nuestras ciudades y pueblos. Casi tres millones de personas viven en pobreza extrema, lo que significa que solo cuentan con 312 euros al mes. Una situación que es especialmente preocupante en el caso de la población joven; una de cada cuatro personas de entre 16 y 29 años es pobre.

Deberíamos haber conocido los datos sobre la supuesta educación pública. Y decimos supuesta porque las familias gastaron un 34% más en educación desde que inició la crisis mientras el gasto público en esta materia disminuyó un 13%.

España se ha convertido en la campeona europea de ayuda inflada. ¿Qué significa esto? Pues que de los escasos fondos que dedica a cooperación al desarrollo, una mínima parte repercute realmente en el bienestar de las personas; el resto, aparece en las cuentas como tal, pero ni siquiera se asoma a la mejora de la vida de las comunidades más vulnerables.

Y de este modo mientras el relato imperante se expande el mundo, sigue su curso hacia una desigualdad insoportable, obscena. Los silencios impuestos esconden medidas que recortan aún más nuestros derechos. Y mientras la rueda gira, la responsabilidad de algunos medios de comunicación y representantes políticos se escabulle en un valls de dimes y diretes que enreda aún más la rueda. El golpe de timón de esta deriva solo puede ser protagonizado por la ciudadanía; en nuestra mano está recordarles esos otros lugares en los que también hay que poner el foco y la responsabilidad política.

Yolanda Polo Tejedor, Coordinadora de ONGD

|Si quieres sumarte a la Campaña contra la Desigualdad Obscena, entra en esta web y busca las posibilidades que tienes. También puedes firmar para exigir unos Presupuestos Generales del Estado que garanticen los derechos humanos aquí y en cualquier lugar del mundo. Además, puedes participar en las movilizaciones en tu ciudad.|

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Riqueza y pobreza, ¿quién se sienta a cenar?

En mi salón hay una mesa de comedor con espacio para ocho personas. Y aunque no lo había pensado hasta ahora, resulta que puedo invitar a cenar a la mitad de la riqueza del Planeta con tan sólo una mesa y ocho sillas. No sé qué les pondría de comer, pero sé que ocho hombres poseen la misma riqueza que los 3.600 millones de personas más pobres, incluidos aquellos 815 millones que comer, comen poco porque se mueren de hambre.

La riqueza obscena y la pobreza absoluta son las dos caras de una misma moneda; los dos bandos de un juego en el que todas las reglas acaban llevando el premio siempre a las mismas manos. Solucionar el problema, por lo tanto, pasaría por cambiar las normas del juego de la economía global, esas que no premian el trabajo sino la acumulación.

No obstante, hay que recordar que las reglas las hizo alguien, que las cosas no pasan por que sí. Que unos tengan cada vez más y otros vean cada vez más mermada su participación en la riqueza global, es el resultado de decisiones políticas que han reforzado dos tendencias que han caracterizado la macroeconomía de las últimas décadas: sistemas fiscales cada vez menos progresivos, es decir, en los que no pagan más impuestos los que tienen más riqueza, y salarios que crecen a un ritmo mucho menor del que crecen la productividad.

Sobre la primera de estas tendencias, la fiscalidad, la OCDE recomienda una serie de medidas para promover el crecimiento económico en momentos de crisis sin que aumente la desigualdad. Entre ellas recomienda que no se aumenten los impuestos al consumo y, desde luego, que no se reduzcan el impuesto de sociedades, de patrimonio o sucesiones. En España hemos pasado durante la crisis a tener un impuesto de sociedades más bajo que la media europea y que, por una serie de beneficios fiscales, tiene un tipo efectivo muy bajo. Ahora se recauda con este impuesto 20.000 millones menos que en 2017, y son los ciudadanos los que soportan mayormente las arcas públicas.

Pero hablando de impuestos, además, las reglas permiten que grandes empresas y fortunas las “estrujen” al máximo para reducir al mínimo los impuestos a pagar en las sociedades que les ayudaron a hacerse ricos, a través de, por ejemplo, la desviación de sus beneficios a paraísos fiscales. En 2015, la inversión mundial que se dirigió a las Islas Caimán fue casi tres veces superior a la que recibió China y siete veces la de Brasil. La Unión Europea deja de ingresar con las prácticas de elusión fiscal un billón de euros al año, el doble de lo que le cuesta la sanidad de todos sus habitantes.

Para evitar esto, llevamos tiempo recogiendo firmas de ciudadanos que se unen a nosotros para pedirle al Gobierno una Ley contra la Evasión y Elusión Fiscal, que combata el secretismo bancario, elabore un registro público con los verdaderos propietarios de las empresas y promueva la creación de un organismo fiscal mundial que controle que las grandes corporaciones pagan lo que les corresponde, y donde les corresponde.

Sobre cómo han evolucionado los salarios, la Organización Internacional del Trabajo lo explica claramente: mientras que trabajadores y trabajadoras han aumentado su capacidad de producir más bienes y servicios y de más valor, este aumento de la riqueza que generan no acaba en sus sueldos, si no en las llamadas “rentas de capital”, en empresarios y accionistas. En el caso español, esta tendencia, ha sido acelerada por las reducciones salariales que se produjeron durante la crisis, de forma que se han perdido 30.000 millones de euros en salarios, mientras los beneficios aumentaban en 14.000 millones.

Lo más cruel de la desigualdad extrema es que la historia nos enseña que aquellas sociedades más desiguales son aquellas en las que, además, la movilidad social está más limitada. En las que nacer pobre se parece mucho a una condena de por vida. Cáritas lo denunciaba al calcular que un 80% de los niños y niñas pobres de España, crecerán para ser adultos pobres. Futuro poco halagüeño para un país donde 1 de cada 3 niños y niñas vive en riesgo de pobreza.

Aumentar el salario mínimo hasta los 1.000 euros brutos en tres años, devolver el poder de negociación que antes de la última reforma laboral tenían los sindicatos o promover políticas, tanto en España como en Europa, que eviten la elusión fiscal y maximicen la capacidad redistributiva de nuestro sistema impositivo son medidas para las que no deberíamos esperar.

Y es que habrá que hacer algo urgentemente para evitar que haya niños que nazcan “etiquetados” y sin sueños viables, al tiempo que haya gente que, al otro lado de las mismas reglas, siga empachándose. Habrá que asegurarse de que no sean siempre los mismos los que le susurran cosas al oído a los políticos, y que cambien las personas invitadas a la mesa para que, ahora sí, ganemos todos. Una economía para el 99%.

Liliana Marcos, Especialista en Desigualdad de Oxfam Intermón

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Lo más obsceno de la pobreza

Publicado originalmente el 18 de octubre de 2017 en ara.cat

¿Para qué debería servir la política si no es para acabar con la pobreza? Pensar lo contrario es lo más obsceno que se me ocurre.

Lo más obsceno de la pobreza y la desigualdad es considerar que su erradicación sea tan solo una opción más, cuando no un objetivo supeditado a otras metas más importantes. Nos puede parece obsceno (y lo es) que ocho hombres acumulen la misma riqueza que 3.700 millones de personas. Nos sacará de quicio la persistente feminización de la pobreza, el 66% del trabajo lo hacen ellas a cambio del 10% de los ingresos. Nos indignará todo el dinero que vuela en maletines de piel de cocodrilo hacia islas llenas de cocoteros y cajas de seguridad, hasta podríamos salir a la calle y gritar para que alguien haga algo por esos 13 millones de conciudadanos que están en peligro de exclusión, claramente por encima de la media de la UE.

Lo más obsceno es que todo eso sea observado todavía con las gafas de la caridad o los prismáticos del marketing comercial, a cuenta en muchos casos de los impuestos que deberían sustentar el estado del bienestar. Hace unos meses se desató la polémica porque una conocida firma de ropa, buque insignia de la internacionalización y de la Marca España, a la que por razones obvias no le vamos a hacer más publicidad, quiso donar al sistema público de salud 320 millones de euros en equipos de detección de cáncer. El sistema es sencillo: pongo a trabajar a los ingenieros fiscales, me ahorro unos cuantos millones en impuestos (600 millones en cuatro años, para ser exactos, según el Europarlamento) y luego hago una suculenta donación en aquello en lo que toque más el corazoncito de la gente, con el mismo dinero, claro. ¿Para qué pagar sin que nadie me vea y sin sacarle visibilidad y rendimiento comercial? Oiga, no, yo quiero pagar lo que a mí me interese, no aportar a la caja común, que el dinero es mío. ¿Pero qué se cree, que somos una ONG?

Para añadirle dramatismo y obscenidad, tuvimos que aguantar en medios públicos y privados, la entrevista con los afectados de cáncer, diciendo que a ellos ya les daba igual de dónde venía el dinero, que lo que querían era vivir. Por supuesto, sólo faltaría, nadie se pregunta de qué está hecha la cuerda que te lanzan para sacarte del abismo. Todo para señalar a los profesionales de la salud y las asociaciones de usuarios que cuestionaban estas prácticas, y que a la par reclamaban un financiación pública digna y suficiente para la sanidad. Qué malas personas, ¿verdad? Cuestionar así una operación de marketing tan magistral y de paso politizar todo esto. Pero si aquí lo importante es salvar vidas, ¿o no?

Seguimos aplicando la lógica de la acción humanitaria a la lucha contra la pobreza y no de la construcción solidaria de equidad y de justicia. Nuestros derechos básicos, en España, dependen en gran parte de si hemos logrado acceder o no al mercado laboral y somos las personas que trabajamos las que aguantamos, casi exclusivamente, lo que queda del sistema de bienestar. Si no has cotizado, lo llevas mal, chaval, y piensa que tu futuro dependerá de lo que hayan ahorrado (ganado) por ti las empresas para las que trabajas y en las que consumes. Hemos ‘salido’ de la crisis jibarizando nuestros sueldos y de rebote ese sistema de (cierta) justicia social al que contribuimos con ellos, con lo que nuestras posibilidades de acceder a la vivienda, la cultura o la educación quedarán cada vez  más en manos de los departamentos de publicidad y en la filantropía de grandes prohombres.

A la cooperación internacional le pasa lo mismo, muchos quisieran que dejara de ser una política pública y fuera pasto de los designios de grandes fundaciones y cantantes de pop talluditos, espantando moscas en medio de un campo de refugiados. Pero en el fondo, es el mismo problema, una cuestión de inclusión o no, de asunción o no del mayor desafío, de la peor amenaza que tenemos, como un problema de todos. No como la penitencia de una casta inferior, de un atajo de losers con permiso para sentarse en nuestra mesa por Navidad, con la condición de no manchar el mantel. ¿Para qué debería servir la política si no es para acabar con la pobreza? Pensar lo contrario es lo más obsceno que se me ocurre.

Miquel Carrillo, Consultor en 

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La desigualdad pone a las escuelas en peligro de extinción

Tenía 16 años cuando se estrenó la película “Diamante de Sangre”. La productora Warner Bros decidió que el tema del abuso y tráfico de recursos naturales tenía el suficiente gancho como para invertir cien millones de dólares en llevar esta historia la gran pantalla. Con Leonardo DiCaprio al frente, como podemos suponer, daba menos miedo arriesgarse.

Ambientada en Sierra Leona, narra la espiral de violencia vivida en el país tras el estallido de la guerra en 1991. Solomon Vandy, pescador protagonista, se ve obligado a trabajar para un grupo armado en las minas de diamantes en las que, sin descanso, él y el resto de su comunidad buscaban el ansiado recurso que servía a los rebeldes para financiar la guerra. El nudo de la historia llega cuando Solomon encuentra un diamante particularmente grande. “¡Qué suerte!” Podíamos pensar el público desde nuestras butacas. Pero nada más lejos de la realidad, ya que este fue el detonante para el sinfín de calamidades que persiguieron al protagonista en los siguientes 110 minutos de cinta.

Más o menos consciente de lo que hacía, la productora estadounidense ponía el dedo en la llaga de uno de los temas más relevantes de nuestro tiempo. ¿Cómo puede tornarse el encuentro de un humilde pescador con un valioso recurso en su peor pesadilla? ¿Cómo es posible que un país rico en recursos naturales esté sometido a una espiral de pobreza, desigualdad y violencia como la que narra esta película?

Años después, pude comprobar que la respuesta a estas preguntas que me acosaban al salir del cine estaba en la llamada “maldición de los recursos naturales”. En un planeta en el que estos recursos, tan valiosos para fabricar objetos de consumo y recibir buena parte de los servicios de los que hacemos uso en nuestro día a día, son limitados, no es de extrañar que la posesión de estos sea más una maldición que algo de lo que poder alegrarse. La existencia de minerales, petróleo, madera, o terreno para cultivos intensivos en lugares como África Central o la Amazonía, se convierten en el origen de largos conflictos por la posesión y disfrute de estos recursos, que afectan directamente a al ejercicio de los derechos humanos más fundamentales.

No en vano, una buena parte de las personas que viven bajo el umbral de la pobreza se encuentran, paradójicamente, en países ricos en recursos naturales. La mayoría de estos países tienen los índices de pobreza más altos, los niveles de educación y salud más bajos y el mayor número de conflictos violentos. Degradación del entorno natural, destrucción de infraestructuras, explotación laboral, vulneración de los derechos de los pueblos indígenas, desplazamientos forzosos masivos, reclutamiento de menores soldado o violencia sexual a mujeres y niñas como arma de guerra son algunas de las gravísimas consecuencias de estos conflictos https://lasillaroja.org/wp-content/uploads/2017/08/Educacion_en_tierra_de_conflicto.pdf

El derecho a la educación, clave en la configuración de oportunidades de vida y la promoción de una cultura de paz que permita revertir estas dinámicas, se ve a su vez gravemente afectado en estos países. De los 264 millones de menores no van a la escuela, dos tercios viven en países ricos en recursos naturales, como señala Entreculturas en su última campaña educativa “Escuelas en Peligro de Extinción” https://lasillaroja.org/.

Estos datos nos permiten entender por qué para Solomon el encuentro con aquel diamante no fue sino el principio de una persecución que trastocaría todas las facetas de su vida, la de su comunidad y su familia. Tal “paradoja de la abundancia” solo es posible en un contexto de desigualdad global generalizado, en el que hemos aceptado una dinámica en la que 8 grandes fortunas concentran tanta riqueza como la mitad de la humanidad con menos recursos y en la que una parte de la población mundial hemos desarrollado un modelo de consumo para cuyo mantenimiento pronto necesitaremos el equivalente en recursos de dos planetas Tierra.

Ante esta abrumadora realidad, cabe preguntarse, ¿es inevitable? ¿Dónde queda la ciudadanía en este proceso? Quizás concluir que esto nos trasciende puede parecer la opción más cómoda, pero no es la única. Como ciudadanos y ciudadanas, tenemos una gran capacidad de acción, tanto para transitar desde lo personal hacia modelos más sostenibles de relación con nuestro entorno, como para estimular la voluntad política necesaria para la adopción de medidas factibles y concretas capaces de ganarles el pulso a la desigualdad. Ante una Desigualdad Obscena que pone a las escuelas en peligro de extinción, entendemos que debemos movernos contra esta desigualdad si queremos defender el derecho a la educación. Por esto, junto a otras organizaciones, nos unimos estos meses de septiembre y octubre a la Campaña de Pobreza Cero 2017 http://www.pobrezacero.org/. Nos movilizamos para pedir:

  • Regulaciones nacionales e internacionales de obligado cumplimiento para que las empresas multinacionales garanticen en su práctica el respeto a los derechos humanos y el medio ambiente.
  • Medidas normativas y judiciales eficaces contra la evasión fiscal, que permitan liberar el volumen de impuestos necesarios para aumentar el gasto en políticas públicas de protección social para el ejercicio efectivo de los derechos humanos y la lucha contra la desigualdad y la pobreza.
  • Aumento de la Ayuda Oficial al Desarrollo.

Once años después del estreno de “Diamante de Sangre”, este octubre la campaña de Pobreza Cero vuelve a señalar la lucha contra la desigualdad como uno de los retos globales de nuestro tiempo, poniendo a disposición de la ciudadanía una serie de propuestas de cambio, movilización e incidencia para involucrarnos como protagonistas activos de la configuración de nuestra realidad.

No es la Warner Bros y no tiene un Leonardo DiCaprio al frente.

Pero que no se diga.

Clara Maeztu, Entreculturas

 

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Las desigualdades que habitan “en y entre los países”

“Reducir la desigualdad en y entre los países”. Eso es lo que dice el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 10. El nuevo enfoque de esta Agenda 2030 aprobada en Naciones Unidas a finales de 2015, ha sido capaz de evidenciar una realidad que atraviesa a todas las regiones del mundo. Por supuesto que el Norte occidental sigue acumulando la mayor parte de la riqueza en el mundo, pero quienes actuamos en el ámbito local sabemos que aquí, al igual que sucede en los países empobrecidos, esa prosperidad tampoco está repartida con igualdad y justicia entre todas las personas.

El 17 de octubre se celebra el Día Internacional para la Erradicación de la Pobreza. Desde hace tiempo, las organizaciones que trabajamos en el ámbito del Desarrollo nos hemos dado cuenta de que nunca se podrá acabar con la pobreza si no se eliminan ciertas formas de acumulación del crecimiento económico. Tan sólo 8 hombres concentran tanta riqueza como la mitad más pobre de la humanidad. Obsceno, ¿no les parece? Como decíamos, esas desigualdades globales también se reproducen en nuestro país, y en cualquier Comunidad Autónoma o ciudad.

En España, el 10% más rico concentra cerca de un 60% de la riqueza nacio­nal. Y en Madrid, son ya famosos los mapas de la región y de la ciudad en los que la parte Sur sufre las peores cifras de exclusión social, en comparación con la parte Norte. Durante el 2017, en la Red de ONGD de Madrid estamos trabajando los ODS junto a la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid con los talleres #ConstruyendoBarrios2030. Esta experiencia nos está permitiendo constatar que las luchas por la justicia global tienen su origen en lo local. No es casual que las peores tasas de desempleo, las instalaciones que más contaminan, y las familias más afectadas por los recortes en dependencia se encuentren en unos barrios concretos, en donde las desigualdades se hacen extremadamente evidentes.

Detengámonos en la situación en la Comunidad de Madrid, en donde la tasa de población en riesgo de pobreza y o exclusión social ha aumentado en el último año. Para orgullo de nuestra Presidenta, Cristina Cifuentes, somos la región con menos impuestos de España. Eso que podría sonar bien en los oídos de la ciudadanía, esconde una perversa realidad. Por ejemplo, recuperar el impuesto de patrimonio, que solo afectaría a grandes fortunas, haría posible recaudar a la administración alrededor de 660 millones de euros, y supondría poder destinar más dinero a reforzar las políticas sociales y a reducir las desigualdades existentes en nuestra región. Tenemos que tener claro que esas exenciones son las que perpetúan la obscenidad en el reparto de la riqueza.

A pesar de que observamos peligrosos intentos de avanzar en el sentido contrario, creemos en un sistema fiscal progresivo, es decir, en el que deben pagar más quienes más tienen. Y además, entendemos que esta fórmula para acabar con la pobreza debe contar con una mirada global. Replantearnos las consecuencias en los países empobrecidos de nuestro modelo de consumo, y no perder de vista la dimensión ambiental, en un planeta al que no podemos exprimir más.

No se trata de una utopía irrealizable, sino de un horizonte que podemos alcanzar si aplicamos la sencilla receta que proponemos para esta Semana contra la Pobreza de 2017. Transformemos nuestro sistema fiscal, aseguremos la protección social, y aumentemos la inversión en Ayuda Oficial en Desarrollo. Pongamos a las personas primero, tal y como refleja la declaración de la Agenda 2030. Movámonos para acabar con esas obscenas desigualdades que habitan en y entre los países. Sólo así conseguiremos un mundo más justo e igualitario.

Artículo de la Red de ONGD de Madrid

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