Argumentos para una campaÑa
de sensibilizaciÓn y movilizaciÓn
En el año 2000 la Asamblea General de Naciones Unidas aprobó la Declaración del Milenio en la cual los países ricos y pobres se comprometían a hacer todo lo posible para erradicar la pobreza, promover la dignidad humana y la igualdad, y alcanzar la paz, la democracia y la sostenibilidad ambiental. Para ello, y antes de 2015, se deben alcanzar ocho objetivos concretos, los Objetivos de Desarrollo del Milenio, que “comprometen a los países a luchar más firmemente contra la insuficiencia de ingresos, el hambre generalizada, la desigualdad de género, el deterioro del medio ambiente y la falta de educación, atención médica y agua potable. Estos objetivos incluyen, además, una serie de acciones que deben ser llevadas a cabo para reducir la deuda y aumentar la ayuda, el comercio y la transferencia de tecnologías a los países pobres”, según se señala en el Informe sobre Desarrollo Humano 2003, precisando que “el nuevo siglo ha empezado con una declaración de solidaridad sin precedentes y con el firme propósito de acabar con la pobreza en el mundo”.
La persistencia de la pobreza y la desigualdad en el mundo de hoy no se puede justificar. Pese a los esfuerzos realizados durante décadas, la brecha entre ricos y pobres sigue aumentando. Hoy, más de 3.000 millones de personas carecen de una vida digna a causa de la pobreza. Hambre, SIDA, analfabetismo, discriminación de mujeres y niñas, depredación de la naturaleza, desigual acceso a la tecnología, desplazamientos masivos a causa de los conflictos, migraciones provocadas por la falta de equidad en la distribución de la riqueza a nivel internacional... Son las diferentes caras de un mismo problema: la situación de injusticia que sufre la mayor parte de la población mundial.
El desarrollo sostenible en el planeta está seriamente amenazado por la quinta parte de la población que concentra el 60% del consumo global, con la consecuente sobreexplotación de los recursos naturales.
Cada año mueren 10 millones de niños y niñas menores de cinco años por causas evitables; 97 millones de menores (de ellos 57 millones son niñas) no pueden ir a la escuela; en los países empobrecidos tener un hijo supone un riesgo real de muerte para una de cada diez mujeres; más de 1.000 millones de personas carecen de acceso a agua potable y más de 2.200 millones carecen de redes de saneamiento. Sólo en África subsahariana 247 millones de personas se ven obligadas a vivir con menos de un dólar diario. Estas cifras son una muestra de la dramática situación de exclusión y vulnerabilidad en la que viven miles de personas.
En las últimas décadas se han producido grandes cambios. Los procesos de globalización de la información y de los intercambios financieros han generado un crecimiento económico espectacular que, sin embargo, no ha contribuido a garantizar los derechos humanos ni a mejorar las condiciones de vida en todas las regiones del mundo. Más bien al contrario, ha aumentado la desigualdad y la injusticia hasta cotas escandalosas. El modelo de desarrollo vigente tan sólo beneficia la economía de los países ricos, depreda de forma insostenible el medio natural y genera la exclusión de millones de seres humanos. Un mundo con una mayoría tan vulnerable no puede ser un mundo en paz. El camino de la paz pasa por luchar contra la pobreza y las desigualdades, así como por extender los derechos humanos a todos los rincones de la Tierra. De forma indivisible deben ser promovidos y garantizados los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales a todas las personas.
Para lograr la eficacia de las políticas de Desarrollo Internacional, el Desarrollo Humano Sostenible y Bienes Públicos Globales es imprescindible avanzar en la consecución de una gobernanza global democrática y participativa.