7 Oct 2017

Día del trabajo decente para una filosofía de transformación

 

Conmemorar el día del trabajo decente

Lo bueno que tienen las conmemoraciones de día internacional de esto o de lo otro es que nos sirven para hacer una reflexión del porqué del día y, además, motivarnos para actuar por  el motivo señalado.

Este puede ser el caso del 7 de octubre, Jornada Mundial por el Trabajo Decente. Fue la Organización Internacional del Trabajo, un organismo tripartito donde como elemento singular se sientan en igualdad de condiciones los sindicatos, empresarios y los gobiernos (aunque muchas veces hay una coalición entre los dos últimos), la que acuñó el concepto de trabajo decente. Con esto, querían definir trabajo con derechos, con ingresos suficientes para mantener un hogar y a una familia, con seguridad y protección social, ello en una sociedad inclusiva y democrática.

En este mundo, con una inmensa capacidad de transmitir mensajes y con múltiples canales informativos y de entretenimiento, hay un interesado olvido de entender que el trabajo es forma parte central de la sociedad. El trabajo es el que crea la riqueza que hay en este mundo. Nos procura rentas, redefine nuestros intereses e inquietudes.

Siendo esto cierto, al mismo tiempo, asistimos a debates sobre robotización y a un futuro de cambio tecnológico donde se minimiza la “fuerza de trabajo”. Se habla también de cambios profundos en la relación con la naturaleza, nuestra vida cotidiana y el cambio de pautas de consumo.

Además,  está pendiente de resolver la problemática de cómo y cuánto en la isla europea se mantendrá un sistema de prestaciones sociales universales, que hasta ahora está ligado, en buena parte, a los impuestos procedentes de las rentas de trabajo. Unas rentas procedentes del trabajo que menguan con respecto a los beneficios del capital en una globalización que está produciendo una desigualdad obscena.

Una desigualdad obscena tanto de riqueza, como de flujos de renta. Riqueza de unos pocos cientos de personas frente a millones o ante miles de millones de personas. No es baladí la existencia de los paraísos fiscales y de su mantenimiento gracias a los gobiernos que dicen que quieren combatirlos. Diferencias de ingresos laborales, que antes eran de 1 a 4, después 1 a 10, ayer de 1 a 100, y sigue creciendo la desigualdad de la valoración del trabajo según sean unas tareas u otras, eso sin entrar en el significado moral de unos u otros trabajos.

La desregulación laboral, las cadenas de valor de multinacionales que conducen el 60 por ciento del comercio mundial, la tercerización planteada por plataformas digitales de prestación de bienes y servicios, que quieren escaparse de realizar su actividad con una relación laboral típica y también de una fiscalidad sobre sus ingresos, etc., producen una vuelta a una informalidad económica, fomenta unas devaluaciones laborales que ayudan a la extensión del trabajador pobre, aquel que aún trabajando no obtiene unas rentas suficientes para salir de ese estadio de precariedad.

Frente a estos fenómenos hay reacciones. No suficientes, pero hay que acrecentarlas.

Desde el plano discursivo y también desde el lado normativo. Bien está que el trabajo decente y su extensión universal estén incorporados dentro del Objetivo octavo del Desarrollo Sostenible que todos los gobiernos del mundo se comprometieron a cumplimentar,  reordenando sus políticas para lograrlo, formando parte de la Agenda 2030. También el Gobierno de España viene obligado por ese compromiso y a otros que debieran ser el eje de la política y de los presupuestos. Está en nuestra mano, paso a paso, el modificar una política económica y ambiental, reorientándola, poniendo como horizonte esos Objetivos universales.

También, hay que resaltar, se puede alcanzar en los próximos meses un acuerdo jurídicamente vinculante sobre el respeto de los derechos humanos y las transnacionales y otras empresas. Hay un foco, que esperemos continúe, sobre la elusión fiscal de grandes empresas transnacionales y esperemos que concluya haciéndolas pagar en la misma proporción que las pymes,…

Nadie tiene muchas respuestas. Sabemos que hay que cambiar de sistema productivo, abogar para que haya más investigación, cambiar las pautas de consumo, rechazando la obsolescencia programada; ir hacia una transición energética, mejorar la redistribución y el tiempo de trabajo para lograr una sociedad más inclusiva. Es imprescindible vencer las desigualdades y crear una economía sostenible, con un trabajo decente para una vida digna.

Estos axiomas son vectores de cambios. Son esas respuestas. Y son las que nos deben llevar a  exigirnos una coherencia entre lo que racionalmente creemos que es lo mejor para nosotros y  nuestros hijos y nuestro comportamiento individual y también colectivo para rechazar la miseria que sufre mucha parte de la humanidad y lograr una filosofía de la transformación.

Santiago González Vallejo, USO – SOTERMUN

 

 

 

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7 Oct 2013

Movilización contra la #RiquezaqueEmpobrece y por el #TrabajoDecente

Tenemos dos problemas: la pobreza y la no universalización del trabajo decente. Ambas cuestiones están interrelacionadas. Y ambas, son derivadas del comportamiento humano. Que se puede y debe corregir. Pero no es fácil y hay muchos intereses e inercias en contra de la resolución de ambos.

La pobreza se incrementa. Se calcula por parte de Intermon Oxfam que si se mantienen estas políticas de austeridad, el austericidio dictado por la Troika, aumentarán en 25 millones los pobres de Europa en el año 2025. De ellos, 8 millones nuevos serían españoles.

En el mundo, a pesar de aumentar en diversos Estados el número de ciudadanos con rentas medias, las personas con menos de un euro al día de renta se cuentan por 1,3 mil millones. Esto nos tiene que revisar si las prioridades políticas están o no marcadas por el cumplimiento del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales y entender, como lo hace la Alianza contra la Pobreza, que la pobreza es una grave violación de los derechos humanos de carácter global. Ella Impide el desarrollo como persona que en esa situación está acuciada por la supervivencia.

La contraparte es la riqueza. Desigual. Acumulada en pocas manos. Según cálculos el 8,1 % de la población mundial (373 millones de personas), posee el 82,4 % de la riqueza total global. De ese grupo de personas, unos 29 millones posee el 39,3 % de la riqueza planetaria. Desde la década de los setenta del siglo pasado disminuye el porcentaje de las rentas salariales en el conjunto de la renta creada en los países a favor de las rentas del capital. Es decir, la situación de crisis actual ha venido precedida por una devaluación de los salarios y condiciones de trabajo y, en todo caso, por un reparto desigual de los avances de la tecnología y de la productividad.

Eso explica el porqué porcentajes mínimos de la población absorben más riqueza, acelerándose esta tendencia con la crisis de estos últimos años. Una crisis financiera que la pagamos todos, pero que la generaron y se aprovechan unos pocos. Paralelamente a la pérdida de peso de los salarios en la renta nacional ha habido una ola desfiscalizadora, en donde las rentas del capital han tenido una imposición relativa cada vez menor, por causa de la disminución de los tipos de gravamen, por mor de una guerra a la baja impulsada por la libre circulación de capitales, la erosión fiscal de las multinacionales y la globalización especulativa y la propia existencia de los paraísos fiscales.

La fiscalidad determina la provisión de bienes públicos y su universalidad, la capacidad de movilidad social y de facto la calidad democrática de la sociedad.

Por eso hay que atacar en un doble frente, las causas de la pobreza y reclamar una fiscalidad justa, y abogar por la universalización del trabajo decente.

Trabajo decente que supone un salario adecuado, protección social y entorno socioeconómico sustentable que permita la autonomía económica de los trabajadores y trabajadoras y sus familias. Otra vez hay que repetir, repartir y rediseñar mejor lo que se produce y redistribuir fiscalmente para proveer de bienes y prestaciones públicos con carácter universal. Lo que ocurrió en Bangladesh, con la muerte de miles de trabajadores, al desplomarse un edificio industrial que proveía a las grandes multinacionales de la distribución, alguna española, no es casual. Pertenece a la disparatada carrera de la competitividad por precio, sin la regulación de estándares de producción y condiciones laborales, en un entorno de movilidad de capitales y beneficios anónimos.

En definitiva una globalización en contra de la humanidad y a favor del 1%. Una élite a la que sirven Gobiernos e instituciones internacionales con sus políticas y presupuestos.

Por eso, USO y SOTERMUN han hecho suyos los lemas e invita a la movilización, a la protesta y a la construcción de respuestas alternativas. Y estas son factibles desde la construcción de organización.

El día 7 de octubre, por el TRABAJO DECENTE, organizándonos.
El día 17 de octubre, día contra la pobreza, “Contra la riqueza que empobrece, actúa”.

Santiago González Vallejo
Economista.
Afiliado a USO y SOTERMUN

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